rumadi - Sarrià-Sant Gervasi - Oriol Mestres - Dilluns, 27 de juliol de 2009

Es casi un crimen dejar una historia sin terminar, y la última vez que visité estas paginas dejé inconclusa la breve historia de mis años en el piso de Antonio y María.  Es mas, no debería decir que la dejé inconclusa, pues casi que ni la alcancé a empezar.

Bueno, ofrezco mis excusas a los gentiles lectores y me dispongo a continuar. Una aclaración, ha pasado tanto tiempo que el comienzo de la historia no aparece registrado a mi nombre; no hay problema, no tengo infulas de autora reputada así que dejo que los lectores mas adiestrados digan si por el estilo o por los retruecanos, se trata o no de la misma cronista inspirada.

No mas palabrería inutil y a los hechos.

 

Cuando saqué mis maletas de la casa del carrer riu de l'or ya había llorado mis primeras lágrimas.  Lágrimas que hoy no se describir, pues no eran realmente de tristeza o de nostalgia, pues apenas si hacía tres semanas que había dejado mi casa; tampoco tenía ningun sentimiento particular por el propietario a quien casi nunca vi y con el cual casi ni me hablé, mucho menos por el paisano con el que me embarque en ese primer intento de establecimiento.

De pronto era eso, lágrimas de desahogo pues  ya empezaba a darme cuenta que de ahí en adelante el camino era cuesta arriba.  Todavía hoy, mas de diez años despues, lo sigue siendo.
Y fue cuesta arriba que saqué fuerzas de donde no tenía para llegar hasta Oriol Mestres.   Ni soñar con pagar un taxi, jamás por tan pocas calles y sin embargo se habría podido.  Afortunadamente ya era noviembre y en ese momento la temperatura era espectacular para ayudarse en los esfuerzos.

Llegada a Oriol Mestres María me esperaba en la calle.  Aquello no fue ni amor a primera vista, ni atracción ni nada parecido.  Hay que decir que en esos días yo todavía sufría de esa enfermedad de la vista que sufre todo extranjero que ve a sus prójimos igualitos.  Para mi desgracia esos ojos azules y esa piel blanca como de bebe eran los mismos en todas las señoras de edad que cruzaba, ni una pista para identificarla, nada que me dijera esta señora es diferente de la otra.  Y cómo explicar esa angustia lingüística, que no es ni por que no se hable la misma lengua, sino simplemente porque no queremos ser reconocidos como esos extraños, que en el fondo siempre somos.
Pues nada, como se suele decir, que si bien yo no la identificaba, ella tenía fácil la tarea.  No es de todos los días esto de cruzarse con una viajera tan esforzada que intenta llevar todos sus petates ella solita.  Dicho así en pocos minutos Antonio bajó a ayudarnos con esa puerta que siempre me pareció que pesaba una tonelada, mas que mis maletas.  Y seguir subiendo.
Tal parece una condena esto de subir siempre. Afortunadamente el principal es lo que en América llamamos un primer piso o en pocas palabras, un tramo de escaleras estrechas y ya estaba frente a la enorme puerta verde. Apenas entrar y ya me di cuenta que aquello era otro mundo y en esas tres semanas, yo ya había cambiado de continente y de cultura, ¿cómo explicar entonces esa sensación enigmática de estar aún más fuera de lugar?
Yo lo resumo diciendo que el corredor y la entrada eran tan estrechos que teníamos que salir para entrar.  Y así fue.


Filtre
Deixa la teva història