Tenia 35 años y tras 12 años de matrimonio decidí por fin separarme de mi marido, con los años había ido cambiando pero para mal, su carácter sin llegar a ser violento era agresivo, su amor por mi se había vuelto en un desprecio total, lo cierto es que me costo mucho tomar aquella decisión por que le amaba, pero al final pensé que mejor estaría sola que con aquel desgraciado.
Alquile un piso en un edificio de la calle de Provenza muy cerquita del Hospital Clínico, no era demasiado grande pero sí que muy luminoso. Me instale allí y al principio se me hizo muy duro empezar de nuevo.
Llevaba viviendo allí un par de meses cuando una noche que venia de cenar con mi hermano y era un poco tarde, coincidí en el ascensor con un hombre. Era un señor de unos 50 años, impecablemente vestido, no muy alto, cabello blanco muy corto y los ojos mas increíblemente bonitos que he visto nunca. De un azul claro moteados en gris. Me costaba apartar mi mirada de sus ojos a pesar de saberme totalmente insolente con aquella actitud. Bajé antes que él. Me dio las buenas noche en voz casi baja, suavemente. Lo cierto es que me hizo estremecer.
Al llegar a la puerta de casa tuve que buscar en mi bolso las llaves de casa ya que al haberme encontrado con él no las había sacado. Mientras hacia esto oí unos pasos que bajaban por la escalera.
La verdad es que jamás había reaccionado así ante ningún hombre pero este no sé porque me había impactado de es manera, me quedé con la puerta abierta y sin decir nada. El se acercó, me tendió la mano y me dijo – Me llamo Carlos y vivo en el piso de encima suyo, yo a su vez le tendí la mano y sin saber como atiné a decirle – mucho gusto, soy Ana. Nos quedamos los dos en silencio las manos unidas, sin saber en qué momento fue sentí sus labios sobre los míos, dulces, suaves.
Entramos en mi casa, recorrimos los metros que separan el recibidor de mi dormitorio besándonos.
De eso ya hace cinco años y todavía cuando miro sus ojos siguen pareciéndome los más bonitos que he visto nunca