La absenta ha vuelto, más de un siglo después de haberse puesto de moda. Setenta grados o más, causa estragos por algunos bares de mala muerte de este retorcido y sombrío barrio mío. Alucinaciones garantizadas a los cinco vasos, directas al rincón poético del cerebro.
Los que más abusan de la vieja bebida son los nuevos bohemios, chavales que han sabido de ella gracias a algún listillo o a rumores por Internet, y que seguramente ignoren que fue culto de bichos como Baudelaire, o que en realidad nunca llegó a estar prohibida (mi madre ya la redescubrió, allá en alguna madrugada larga y libre que luego sería engullida por los años setenta).
Muchas noches puedo oír desde aquí los desvaríos. Estoy dándole a las teclas, o fumando en la cama y contemplando el techo, cuando abajo en la calle alguien empieza: "¡Dios mío, un dragón! ¡El dragón verde! ¡El dragón! ¿Es que nadie lo ve?", por ejemplo, o la semana pasada: "¡Un laberinto infinito, sí! ¡Es la quinta vez que pasamos por esta calle! ¿Me oís? ¿Dónde estáis? ¿Me oís? ¡Nunca saldremos de este barrio!".
Pero por supuesto que salen. A la mañana siguiente me despiertan alguna vez voces muy diferentes, las de las vecinas que madrugan para ir a comprar el pan: "¡Pero qué asco, Paquita! Mira, otra vez. Mira que vomitadas tan verdes. ¿Qué beberá esta juventud, dios mío?".
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