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			<title>Histories de Barcelona :: de Barcelona, historias</title>
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			<description>Histories de Barcelona - nepal</description>
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				<title>Histories de Barcelona :: de Barcelona, historias</title>
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				<description>Histories de Barcelona</description>
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					<title>El Lágrima</title>
					<description>Estamos en un bar nuevo, por ejemplo, los dos solos, sentados cara a cara. Yo intentando diluir mi memoria y mis fantasmas a tragos de alcohol y el Lágrima bebiendo como siempre, como si le fuera la vida en ello, odiando también cada neurona nostálgica, cada pedazo de recuerdo incrustado. No le importa el sabor, se mete cualquier cosa, lo mezcla todo. &lt;br/>&lt;br/>Tartamudo aún y más que viejo gastado, sucio, deshilachado y seco. Suspira, me mira, se lleva el vaso a los labios, cierra los ojos y traga. Luego me mira de nuevo, me ve un poco más borroso. Pide otra cerveza, otro whisky, otro lo que sea, y poco a poco tiene lugar la transformación. Es entonces cuando le salen los versos y son más puros, más fuertes incluso que la letra impresa, milagros ebrios que se van haciendo a su voz lentamente. &lt;br/>&lt;br/>Recita seguro, sin esfuerzo, pausando los ritmos como si el poema fuese suyo y lo acabara de escribir la noche anterior, como si en realidad fuera el genio que lo hubiera parido. Como todo está en su cabeza no le hace falta libro, así que a medida que el recital avanza la gente se fija en nosotros, abandona sus conversaciones y nos mira. Él entonces se crece, sube el volumen, intercala deliberadamente carraspeos o eructos. Llega entonces un momento, casi inevitable, en que dejo de ser yo el que paga las bebidas y alguien empieza a invitarnos, a menudo la misma persona que sirve en la barra. El dueño contento, el show está servido.&lt;br/>&lt;br/>Claro que no siempre es así. También ha habido tardes de domingo, con bares llenos hasta la bandera por un partido de liga, en que ni el mejor soneto ni la mejor de las improvisaciones sobre Góngora nos han salvado del abucheo y la patada final en el culo. Un día hasta sacudieron al Lágrima, un puñetazo inesperado y seco en la boca que hizo que se tragara a Rubén Darío, nada más empezar con aquello de ínclitas razas ubérrimas.&lt;br/>&lt;br/>La cosa no fue a más porque él ha aprendido a aguantar la furia en silencio, no en vano fue una pelea de bar la que años atrás, según suele contar, le obligó a pasar quince meses y diez días de su vida en prisión, allá en Wellington, Nueva Zelanda, cuando un maorí más borracho que él le quiso destripar el alma con una botella rota. No se mataron el uno al otro pero casi, aún no sabe cómo, y de hecho fueron los días de sombra y rejas los que le enseñaron a leer, releer, masticar y recitar el único libro en castellano que sus compañeros de barco le pudieron conseguir, una antología poética del Siglo de Oro. &lt;br/>&lt;br/>Yo he ojeado ese mismo ejemplar en casa de Dante, tantas y tantas veces, que cuando el Lágrima recita alguno de sus poemas, bien sea en un bar, bien mientras me prepara algo de comer o saca el polvo de los estantes de la biblioteca, es como si yo también hubiera estado en la celda asfixiante, jodido por el calor y la mala comida, aferrándome al libro para no volverme loco o reventar.&lt;br/>&lt;br/>Cuando salíamos del bar dejábamos atrás otro trozo de modesta leyenda, quedaba la anécdota servida, una vez más, y en cuanto me reunía con los chicos les explicaba lo ocurrido sintiéndome afortunado. En el fondo me envidiaban un poco, lo sé, pero ser testigo de excepción en los recitales alcohólicos del Lágrima nunca me ha parecido algo tan difícil. Sólo hay que emborracharle sin prisas, invitando a las primeras rondas como si la tarde ya estuviera echada a perder. Mirarle beber, mirar a la gente pasar camino del lavabo, guardar silencio hasta que coge confianza y empieza a hablar, ni rastro de su habitual tartamudeo.&lt;br/> &lt;br/>Desde el primer día fue así, todo salió sin proponérmelo. Hace ya mucho tiempo que los dos jugamos a este juego, y aunque desde que dejé de ver a Dante y a los chicos no piso mucho la calle y me cuesta encajar el alcohol, el loco del Lágrima todavía consigue de vez en cuando arrastrarme a nuevos o antiguos bares, la mayoría agujeros de mala muerte (están por todos lados, crecen y reaparecen en cada vieja esquina de este antiguo barrio).&lt;br/>&lt;br/>Y cuando se despierta probablemente ya no estoy, he pasado a ser uno más entre las caras insinceras que había en los bares. Apenas una voz, un elogio, una risa distante. De nuevo en la plaza vacía, el sol de la mañana le busca la mirada y las tablas del banco le marcan los huesos. Viejo, despeinado, apestando, resacoso, pero como muy feliz por dentro.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]&lt;br/>&lt;br/>---------------------------------------------------------------------------------------------------&lt;br/>Text presentat al Concurs Històries de Barcelona (concurs literari organitzat per Bdebarna i &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>  en el marc de l'Any del Llibre i la Lectura 2005)&lt;br/>&lt;br/>Texto presentado al Concurso Historias de Barcelona (concurso literario organizado por Bdebarna y &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>, dentro de los actos del Año del Libro y la Lectura 2005) </description>
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					<pubDate>2005-11-29T23:01:26+1:00</pubDate>
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					<title>Nuestra obsesión</title>
					<description>Nuestra obsesión era multiforme y a menudo silenciosa. Se paseaba por la ciudad como un gusano gigante pero invisible; azotaba los periódicos de los kioscos de la calle tal que un manotazo de viento; se recogía en los rincones húmedos y oscuros del barrio Gótico y palpitaba un rato allí. &lt;br/>&lt;br/>Era una carcajada en un idioma chirriante que nadie conocía, ni siquiera nosotros mismos, y luego merodeaba en vuelos rasantes junto al nido del halcón peregrino, verdugo de palomas y de sueños de infantes.&lt;br/>&lt;br/>Se sumergía, y esto es lo que me apetece decir ahora, se sumergía en la tierra laberíntica donde los edificios de las avenidas extienden sus raíces, junto a ruinas inencontrables de íberos, layetanos y romanos, porque parte de nuestro quehacer gamberro consistía en colarnos en sitios en los que se supone que no deberíamos estar. En los que nadie debería poner los pies así como así. &lt;br/>&lt;br/>Alcantarillas, túneles de servicios, de ventilación, de emergencia. Vías muertas del metro, catacumbas, antiguos refugios antiaéreos, panteones familiares y un largo etcétera que otrora fue secreto.&lt;br/>&lt;br/>Cuando me vine a vivir a Barcelona y me uní a los caóticos ése era su pasatiempo preferido. Hoy día buscan cosas más concretas ahí abajo, pero durante mucho tiempo fue su ritual de inspiración y, desconcertados entonces ante mi inminente incorporación a aquel escuadrón informal e imprevisible, lo fue también de iniciación.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]&lt;br/>&lt;br/>&lt;br/>---------------------------------------------------------------------------------------------------&lt;br/>Text presentat al Concurs Històries de Barcelona (concurs literari organitzat per Bdebarna i &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>  en el marc de l'Any del Llibre i la Lectura 2005)&lt;br/>&lt;br/>Texto presentado al Concurso Historias de Barcelona (concurso literario organizado por Bdebarna y &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>, dentro de los actos del Año del Libro y la Lectura 2005) </description>
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					<pubDate>2005-11-25T15:44:30+1:00</pubDate>
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					<title>Paquito y el azar</title>
					<description>Paquito creció pero que muy feliz pese a las collejas provenientes de la mesa de mármol del pequeño bar de su padre, sobre la que se cruzaban las reinas, los reyes, los caballos y las sotas del mus los sábados, y los domingos el caprichoso trazado de la serpiente moteada del dominó. El resto de la semana variaba en juegos y en clientela, pero a partir de las siete de la tarde había siempre un grupo de cuatro hombres concentrados en sus cartas o en sus fichas, entre nubes de humo, toses y palabrotas, y cuando él pasaba cerca para curiosear ¡zas!, colleja que te crió, niño, tráete cuatro quintos más. &lt;br/>&lt;br/>Pese a que la órbita de Paquito alrededor de la mesa empezó siendo distante, los guiños y las muecas de su padre jugando al mus, allá arriba, los sábados, y los domingos el ritmo de las fichas blanquinegras al son de su propio destino, cuando las hacía repiquetear sobre la mesa, predispusieron la vista y el oído del niño a la presencia caprichosa del mismísimo azar y de sus juegos con el hombre. &lt;br/>&lt;br/>Para cuando llegó a una altura suficiente y le dejaron asomarse sin collejas era ya capaz de leer en copas, oros, espadas y bastos vengativos, así como de comprender el álgebra blanquinegra de aquellos cuatro pequeños muros que se erigían en cada turno. &lt;br/>&lt;br/>Y para cuando irrumpió la máquina tragaperras en el bar, resplandeciente y verbenera, para entonces Paquito tenía ya muy metido en el cuerpo el ritmo entre desquiciado y simpático del caos. "Ah, la primera vez que la vi... -suspirará ante cualquiera que le pregunte-. Qué alegría, hostia puta. ¡Qué alegría!". Fue sólo cuestión de días asociar aquella musiquilla al baile macedónico de cifras, a la cadencia que cada cierto tiempo obligaba a la máquina a vomitar chorros de monedas que a veces incluso salpicaban el suelo del bar, ante la atónita mirada del hijo del dueño. &lt;br/>&lt;br/>"La suerte no existe, es un nombre único que nos hemos inventado para hablar de muchos ríos y mareas diferentes, corrientes invisibles que yo no sé si son energía o destino o qué cojones, pero que van mucho más allá de la palabra, ¡qué digo!, del concepto suerte. Las frutas que giran en esa máquina bailan en círculos paralelos a las órbitas de galaxias remotas que rigen el universo". &lt;br/>&lt;br/>Pero no sería hasta los once o doce años de edad, cuando mi madre comenzó a irrumpir a diario en el bar para tomar su carajillo de mediodía, silenciosa y enigmática, que Paquito pasaría a ser rebautizado como Randomán y a dejarse guiar por los designios de un dado de color marfil que ella le enseñó a utilizar. &lt;br/>&lt;br/>Como tantas otras cosas que resultan luego capitales para la felicidad, aquella costumbre comenzó como un juego: &lt;br/>&lt;br/>1 = dar una buelta con la bici&lt;br/>2 = apagar la maldita television&lt;br/>3 = a hacer los deveres de ortografia&lt;br/>4 = leo un capítulo de la isla del tesoro&lt;br/>5 = buscarme una nobia &lt;br/>6 = caragillo de bailis grátis pa la María&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]&lt;br/>&lt;br/>&lt;br/>---------------------------------------------------------------------------------------------------&lt;br/>Text presentat al Concurs Històries de Barcelona (concurs literari organitzat per Bdebarna i &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>  en el marc de l'Any del Llibre i la Lectura 2005)&lt;br/>&lt;br/>Texto presentado al Concurso Historias de Barcelona (concurso literario organizado por Bdebarna y &lt;a href="http://www.transversalweb.com/">Transversal Web&lt;/a>, dentro de los actos del Año del Libro y la Lectura 2005) </description>
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					<pubDate>2005-11-23T23:12:31+1:00</pubDate>
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					<title>absenta</title>
					<description>La absenta ha vuelto, más de un siglo después de haberse puesto de moda. Setenta grados o más, causa estragos por algunos bares de mala muerte de este retorcido y sombrío barrio mío. Alucinaciones garantizadas a los cinco vasos, directas al rincón poético del cerebro.&lt;br/>&lt;br/>Los que más abusan de la vieja bebida son los nuevos bohemios, chavales que han sabido de ella gracias a algún listillo o a rumores por Internet, y que seguramente ignoren que fue culto de bichos como Baudelaire, o que en realidad nunca llegó a estar prohibida (mi madre ya la redescubrió, allá en alguna madrugada larga y libre que luego sería engullida por los años setenta).&lt;br/>&lt;br/>Muchas noches puedo oír desde aquí los desvaríos. Estoy dándole a las teclas, o fumando en la cama y contemplando el techo, cuando abajo en la calle alguien empieza: "¡Dios mío, un dragón! ¡El dragón verde! ¡El dragón! ¿Es que nadie lo ve?", por ejemplo, o la semana pasada: "¡Un laberinto infinito, sí! ¡Es la quinta vez que pasamos por esta calle! ¿Me oís? ¿Dónde estáis? ¿Me oís? ¡Nunca saldremos de este barrio!".&lt;br/>&lt;br/>Pero por supuesto que salen. A la mañana siguiente me despiertan alguna vez voces muy diferentes, las de las vecinas que madrugan para ir a comprar el pan: "¡Pero qué asco, Paquita! Mira, otra vez. Mira que vomitadas tan verdes. ¿Qué beberá esta juventud, dios mío?".&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:13:42+1:00</pubDate>
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					<title>liberadnos</title>
					<description>Llenaríamos el zoo de graffitis subversivos escritos con spray rojo, frases libertarias en los muros de las fosas de osos, monos, cebras, camellos y otras especies condenadas a vivir fuera de su hábitat natural. Como los animales disponen para dormir de jaulas interiores cerradas, se trataba de una misión relativamente segura. Nos colaríamos hacia las dos de la madrugada, salvando un muro posterior que da a la calle, donde por el olor que lo rodea el Lágima dedujo que estaba el área de baños de los animales.&lt;br/>&lt;br/>El Inglés fue el elegido porque se trataba del único experimentado como graffitero, pero le ayudaría Sergio en calidad de cachas del grupo, por si había que encaramarse por vallas y para asegurar la salida; alguien a quien le bastaría luego con una simple cuerda para volver al punto de partida. Al otro lado de la cuerda estaríamos el Lágrima y yo. Él de vigilante a pie de muro, un viejo zarrapastroso como dormido junto a la puerta de servicios (para lo cual no le haría falta mucho disfraz :¬), y yo como vigía basculante entre esquina y esquina, armado con el teléfono móvil a al igual que el resto, por si había alguna emergencia.&lt;br/>&lt;br/>“Sólo si hay una emergencia, y no olvidéis silenciarlos y activar el vibrador. No queremos cabrear a ningún tigre que duerma plácidamente”, advirtió antes de despedirnos mi tío Dante, materia gris principal de todas nuestras operaciones.&lt;br/>&lt;br/>Desgraciadamente, hay cosas que nunca están destinadas a salir como han sido planeadas.&lt;br/>&lt;br/>Nada más saltar a otro lado del muro el Inglés soltó uno de sus habituales ‘shit!’. Pero esta vez no maldecía realmente, sino que era una mierda de verdad, y grande, sobre la que aterrizó su pie derecho. A Sergio le llevó sólo un vistazo constatar que no era el lugar esperado sino el patio trasero de la jaula de los elefantes. Su lavabo privado, para ser exactos. Desde allí sólo pudo encaramar al Inglés sobre la valla de uno de los corredores de servicio.&lt;br/>&lt;br/>Pero nuestro amigo sajón no sólo tiene problemas de principiante con el castellano, también le gusta demasiado beber y olvida cosas con facilidad. En esta ocasión era la negrura de varias cervezas Guiness la que recorría su cabeza, y el despiste nada más y nada menos que el papelito donde le habíamos apuntado las frases que debía escribir por doquier.&lt;br/>&lt;br/>Aunque eso lo supimos al día siguiente cuando relató, mientras el Lágrima le curaba las magulladuras y arañazos, la terrible triple coincidencia de que: a) aquellas noches de agosto dejaran los responsables del zoo las jaulas de dormir abiertas, para no torturar a los animales con un confinamiento asfixiante, b) el hecho de que no hubiera silenciado su móvil antes de la incursión y c) mi llamada de muy relativa emergencia para saber si todo andaba bien.&lt;br/>&lt;br/>Consecuencia: la melodía de Good save the Queen (orgullo de personalización del móvil del Inglés) sonó apenas hubo conseguido recordar y escribir la primera y última palabra de la noche, concretamente en la oscura y profunda fosa de los macacos del Tíbet.&lt;br/>&lt;br/>Pero ni siquiera aquella frase compensó tanto tropiezo y mala suerte. En la foto que nos mostró aquella misma tarde Pep Cunill, tomada la mañana después entre niños y papás absortos, en vez de ‘liberadnos’ aparecía, en grandes letras rojas, ‘libreadnos’.&lt;br/>&lt;br/>“Bien, el mensaje al menos tiene cierta connotación libresca, cabría interpretarlo como el alegato de una especie marginada que quiere acceder a la cultura de sus opresores”, observó Dante en tono conciliador.&lt;br/>&lt;br/>Pero el Inglés, amoratado y tenso, estrenó entonces aquellas miradas de odio hacia mí que con el tiempo se volverían tan habituales. “Shit!, si al menos me habría dado tiempo para hacer otras pintadas…”, o algo así dijo, el muy rencoroso.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:10:37+1:00</pubDate>
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					<title>En esta ciudad nunca pasa nada</title>
					<description>He ayudado a trazar recorridos de miel sobre un inmenso plano de Barcelona para que ejércitos de millones de hormigas partieran de los bosques de Collserola en busca de nuestras calles y avenidas.&lt;br/>&lt;br/>También he participado en conjuras a base de rezos etílicos y ritmos de djembe con la dulce intención de que una enorme ola mediterránea se paseara lentamente por la ciudad, llevando su abrazo de agua hasta el mismísimo barrio gótico, y mojara todas las esquinas y callejones con su lengua salada.&lt;br/>&lt;br/>En los inicios de la primavera he plantado, junto al resto de los caóticos, enredaderas a los pies de decenas de torres eléctricas para que treparan en busca de los cables que nutren de luz al monstruo incesante, y antes de enterrarlas he susurrado a las semillas que crecieran fuertes y decididas a estrangular el metal.&lt;br/>&lt;br/>En otra ocasión desperdigamos, por varias rutas del alcantarillado del Eixample, las flores robadas de tumbas frescas en el cementerio de Montjuich, de modo que los muertos revivan una noche cualquiera de luna llena y se encaminen a recuperarlas.&lt;br/>&lt;br/>Soy, por tanto, culpable de brujería poética, cómplice de la naturaleza enfadada con el hombre y de cierta magia absurda que seguramente nunca debió desaparecer del todo de la imaginación colectiva.&lt;br/>&lt;br/>Y todo lo hice por aburrimiento, básicamente. En esta ciudad nunca pasa nada.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:08:57+1:00</pubDate>
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					<title>En el subsuelo de esta ciudad</title>
					<description>En el subsuelo de esta ciudad laberintean varios kilómetros de alcantarillas y túneles de servicio en los que cabe perfectamente una persona de mediana altura sin necesidad de agacharse. Y de vez en cuando surgen recámaras abovedadas y oscuras donde hasta la acústica es buena y es posible celebrar pequeñas fiestas.&lt;br/>&lt;br/>Los caóticos conocen bien muchos de esos lugares, los han recorrido decenas de veces en busca de aventura, inspiración o simplemente aislamiento. Una parte importante de ese entramado sinuoso es nueva y discurre bajo el incipiente distrito tecnológico, donde se han vendido muchos solares y viejas fábrica enteras, y se construyen o planifican por doquier las sedes de todo tipo de corporaciones.&lt;br/>&lt;br/>Pues bien, cuando me vine a Barcelona y me instalé en casa de mi tío Dante hacía ya casi un año que Sergio se había unido al grupo e iluminado a todos con sus habilidades informáticas. Su viejo portátil era uno más en las reuniones de medianoche, y a veces se posaban en su fría superficie nuestras fantasías y nuestras travesuras de sabotaje poético, normalmente a modo de entretenimiento o clase magistral.&lt;br/>&lt;br/>Ante nuestras atónitas miradas, Sergio y su máquina consiguieron acceder a los servidores de las webs municipales, y sustituir durante horas la cara del alcalde por la de Copito de Nieve, o apuntar muchos de sus enlaces a páginas de fotos pornográficas y casinos online. En otra ocasión obtuvieron parte de una base de datos de un banco virtual y enviaron, a varios cientos de clientes, un mensaje del servicio de atención al usuario agradeciendo la donación del 7% de sus cuentas a una ONG dedicada a la protección de la Iphimedia Theseus Justitiae, una especie mexicana de mariposa en peligro de extinción. O lograron reservar casi toda la platea disponible en el Liceu para la ópera de un compositor alemán cuyo apellido ni me esfuerzo en recordar, todo pagado a nombre de una compañía japonesa de inversores que supuestamente visitaría en breve la ciudad.&lt;br/>&lt;br/>Pero la gran y decisiva aportación de Sergio, pregonero de las nuevas tecnologías aplicadas a la insurgencia cultural ha acabado resultando algo mucho más complejo, ambicioso y quijotesco de lo que yo estaba capacitado para asimilar. Aunque le llevó varias semanas y teorías indemostrables, se las ha arreglado para convencer a Dante y compañía de que Barcelona puede convertirse en el epicentro de una revolución hacker que sólo nosotros estaríamos capacitados para preparar.&lt;br/>&lt;br/>En teoría sólo es cuestión de allanar el terreno conocido, peinando bajo tierra cada palmo de túnel para captar e indicar adecuadamente todas las señales posibles de redes inalámbricas internas de bancos, asesorías, universidades, agencias y demás. Golosinas wifi para atraer un tipo de turismo silencioso de furgonetas ante las que ni éste ni ningún otro lugar del mundo están prevenidos. “Ya me encargo yo de ir avisando a la peña, pronto tendré unos cuantos amigos en Berlín y Noruega preparando las maletas”, le dijo Sergio al Lágrima cuando éste le llevó a ver a un conocido del puerto, el tipo que podía conseguirle a Dante los portátiles, antenas y ruters necesarios para tamaña operación de reconocimiento.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:07:09+1:00</pubDate>
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					<title>La marea, señoreada por la luna</title>
					<description>La marea, señoreada por la luna, arroja constantemente sus caricias sobre la superficie de la playa. Y durante un tiempo incluso me llegué a preguntar, medio dormido, si tal vez las olas retrocedieran porque llegábamos los caóticos.&lt;br/>&lt;br/>Existe, entre la espuma que se desvanece y la arena seca, un espacio húmedo y estrecho plagado de deshechos que son casi arte. Es todo aquello que el mar devuelve al hombre porque es a él a quien pertenece. Colillas, latas oxidadas, palillos para las orejas, condones lanzados desde lo alto de yates puntiagudos, cajitas de big-mac o cheesburguer, tiritas, bolsas de plástico variopintas y muchas otras cosas que le dan un profundo asco a Neptuno. Sólo después de caminar descalzo sobre todo aquello que no quiere pisar nadie se alcanza a presagiar la de miera que se nos vendrá encima, tarde o temprano.&lt;br/>&lt;br/>Después del ritual comíamos galletas en el espolón, mientras alguno de nosotros entonaba el último cántico y asomaban los primeros pescadores al otro lado de la carretera. La invocación del tsunami nunca duraba en total más de quince o veinte minutos. Todo lo anterior eran simples prácticas de ritmo, preparativos, bostezos de los que se habían acostado tarde o ni siquiera. Y todos nuestros actos posteriores eran, día a día, ejercicios contra el mundo.&lt;br/>&lt;br/>Lo único que importaba de verdad era el tsunami. Cada uno de nosotros lo albergaba en su cabeza y sentía su lenta llegada, ese ir ganando milímetros al horizonte.&lt;br/>&lt;br/>Hay cosas que jamás podrá reproducir la escritura, y que nadie sabe si se explican con unas cuantas onomatopeyas, pero ahí estaba, por ejemplo, el tam tam tim tumb, tam tim tim tumb, cíclico y casi infinito de Pep Cunill, quien en pocas semanas de práctica pasó de ser un tipo con cara de empollón, silencioso y arrítmico, a guiar los círculos rasantes de varias gaviotas, que sobrevolaban nuestras cabezas como dándonos los buenos días, hermanas aladas, os recuerdo tan bien!&lt;br/>&lt;br/>Había siempre barcos a lo lejos, engullidores de peces o portadores de turistas, y a menudo algún borracho dormido junto a las papeleras.&lt;br/>&lt;br/>Algunas veces hasta el Lágrima abandonaba su puesto en la cocina o junto a Dante y se nos unía. Mi tío accedió a comprarle un detector de metales de ésos portátiles, un grueso disco de aluminio inquieto al final de una barra, que hacía bip bip al intuir relojes, pulseras, pendientes y demás. Y le hizo prometer que cuidaría del juguetito como si fuese una parte más de sí mismo, así de caro le había salido.&lt;br/>&lt;br/>Pero al viejo Lágrima le duró tan poco la afición como el buen funcionamiento del detector. "¡Eh, Lágrima! ¡Esos cacharros no están hechos para la arena!", le solía gritar Sergio.&lt;br/>&lt;br/>[www.mansalva.net]</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:03:49+1:00</pubDate>
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					<title>Me duele esta etiqueta made in China</title>
					<description>Me duele esta etiqueta made in China,&lt;br/>este pinchazo inquieto en el cuello de la camisa&lt;br/>como el llanto de un niño con sueño.&lt;br/>&lt;br/>También me duelen los contenedores del puerto,&lt;br/>se vuelven ladrones transparentes&lt;br/>a lomos de camiones sin aliento.&lt;br/>Desfragmentan el mundo en un baile&lt;br/>de juguetes electrónicos,&lt;br/>muebles de teka,&lt;br/>calzados deportivos,&lt;br/>órganos humanos...&lt;br/>&lt;br/>Cuando cambio el orden no pasa nada,&lt;br/>este drama supera la semántica:&lt;br/>juguetes de teka,&lt;br/>muebles deportivos,&lt;br/>calzados humanos,&lt;br/>órganos electrónicos...&lt;br/>&lt;br/>¿O cómo duele la gasolina, sin ir más lejos?&lt;br/>Nos movemos rápido a base de petróloeo con sangre,&lt;br/>no hay pozo que urge en la tierra sin culpas,&lt;br/>miedos, venganza, muerte y silencio.&lt;br/>Da igual que sea diesel o súper,&lt;br/>ambas llevan diluido cierto polvo de huesos.&lt;br/>&lt;br/>Pero lo peor es el mar,&lt;br/>viejo Mediterráneo asustado,&lt;br/>ya no sumerjo la cabeza en tus aguas&lt;br/>porque me duelen ecos de fantasmas como peces,&lt;br/>murmullos del África que traen a morir a esta costa&lt;br/>tantas esperanzas putrefactas.</description>
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					<pubDate>2005-11-18T17:01:51+1:00</pubDate>
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